Padre Maurice Péloquin, o.ff.m.
Todos conocemos a Raoul Auclair como escritor magistral y como conferencista famoso. Sin embargo, ¿qué sabemos de su vida de hombre y de religioso? Muy poco sin duda, pero deja adivinar una vida espiritual fuerte e intensa...
Ambrault, Francia Fue en Ambrault, diócesis de Bourges en Francia, donde nació Raoul exactamente el 4 de marzo de 1906. Él fue el primero de los dos hijos de Germaine Chemineau y de Anatole Auclair. Robert, su hermano, nació 14 años más tarde.El 1° de abril de 1906, lo llevaron a la iglesia de Ambrault para bautizarlo. Su partida de nacimiento no menciona más que un nombre: Raoul. Al parecer no se acostumbraba agregar otros nombres...
La niñez de Raoul nos es poco conocida. Estamos en presencia de muchos «misterios» en el gran «Misterio» de su vida total... Hay sin embargo el acontecimiento capital de su Primera Comunión solemne, que hizo el 13 de mayo de 1917, día de la primera aparición de María Santísima en Fátima, la cual viene como a marcar del sello mariano su destino en la tierra y sin duda también, toda su eternidad.
¡Y quién no escuchó, con el orgullo que nos hablaba del Hotel-restaurante que administraba su padre (antes albañil) y su madre, una verdadera revelación como cocinera excepcional! Raoul hablaba poco de su padre, pero no ahorraba palabras para lanzar elogios de admiración para su madre quien llegó a ser célebre hasta tal punto que obtuvo un lugar en la guía turística Michelin. «De todas partes venían a comer a Chez Germaine, incluso una castellana que vivía no lejos de allí», nos dice orgullosamente Raoul. Es por lo tanto en este ambiente de burguesía que Raoul crece hasta su partida del pueblo para comenzar sus estudios los cuales continuó hasta la edad de 20 años. |
![]() La mamá Germaine, cerca de una masa de flores delante de la fachada del restaurante. |
Podemos suponer que él tuvo éxito en sus estudios, si lo juzgamos por la calidad de sus escritos y la profundidad de sus pensamientos. Luego, presta su servicio militar en Marruecos. De regreso a Francia, trabajó como «representante de material quirúrgico», al servicio de un señor Delacroix quien tenía una hija llamada Suzanne. Raoul la conoce y se enamoran. Fue así que el 10 de mayo de 1932, a la edad de 26 años, se casa en Saint-Pierre-de-Montrouge, en París. No tuvieron hijos.
Luego viene la guerra. Para asegurar su estabilidad, la joven pareja se mudó a Marsella. Raoul no imaginó jamás que Dios sacaría de esta prueba la gracia de su vida. Efectivamente, fue allí donde se produjo el mayor acontecimiento de su existencia. Sucedió en 1941, cuando tenía 35 años. Estaba sentado en la terraza de un Café, saboreando tranquilamente una bebida cualquiera. El tiempo estaba bonito y agradable, como impregnado de la ternura de Nuestra Señora de la Guarda. Súbitamente, y como una efusión de luz, parecida a aquellas que conocieron San Pablo, Ratisbonne, Claudel y Frossard, en un instante, su vida bascula fuera del tiempo, como hundida en la Inteligencia Divina. Al volver a la realidad, él pudo decirse: «Lo sé todo.»
No es extraño entonces ver surgir bajo su pluma toda una serie de volúmenes cuya erudición y teología nos llenan de admiración.
Raoul no llama la atención solamente por sus obras literarias, pues durante treinta años (de 1941 a 1971), ocupa igualmente con éxito el puesto de «director de escena» en la O.R.T.F. y fue así como después llegó a escribir piezas de las cuales él asumía la realización. Un día, según una propuesta sugerida por parte de sus patrones, crea una serie de emisiones «fuera de lo común», y emprende el relato de las siete Grandes Apariciones de María. El texto también fue publicado bajo el título de: Les Épiphanies de Marie [Las Epifanías de María].
El libro conoció una gran popularidad... Además fue éste, el que nominó al autor para ser oficialmente invitado a tomar parte en el Gran Congreso Eucarístico y Mariano del Cincuentenario de las Apariciones de Fátima y por otra parte la sorpresa con que se encuentra pues el presidente de dicho Congreso era el Cardenal Maurice Roy, de Quebec.
Nuestro Hermano Raoul tenía ya la costumbre de exponer sus conferencias. Miembro de la Milicia de Jesucristo desde 1959, fue escogido para que fuera el «Encargado del Departamento del Rosario». Gracias a este cargo y utilizando el medio, entretenía los miembros abordándoles temas constructivos. Un día, por tanto, él les habla de las Apariciones de la Señora de todos los Pueblos. El tema interesa a todo el mundo y deciden adoptar la oración que fue aprobada por el Obispo responsable de la Milicia de Jesucristo.
En 1973 Raoul encontró a Marie-Paule quien viajaba por Europa con motivo de una peregrinación. Ella le habló de su libro La Dame de tous les Peuples [La Señora de todos los Pueblos] y le reveló que un día él entraría a formar parte del Ejército de María de cuya historia habla en sus volúmenes de Vida de Amor.
El 26 de febrero de 1976, Raoul vivió el intenso dolor de haber perdido a su esposa. Le 13 de mayo siguiente, comienza con alegría y emoción la lectura de los primeros volúmenes de Vida de Amor, e inmediatamente se convenció del carácter sobrenatural de la Obra del Ejército de María y de su vínculo con las apariciones de la Señora de todos los Pueblos. Desde el mes de septiembre, él manifestó a Monseñor Jean-Pierre van Lierde, Sacristán del Papa, el deseo profundo que sentía de consagrarse al Ejército de María. Él lo alienta y lo ratifica en esta nueva vida. |
![]() 1976, Raoul Auclair |
En 1977, Raoul fue invitado a Canadá. Llegó al país el 16 de febrero y enseguida emprendió una serie de conferencias, en Canadá y en los Estados Unidos, conferencias que trataban de las diferentes Epifanías de María Santísima. En el siguiente mes de abril, implantó en Quebec la Milicia de Jesucristo.
Abierto a esta Obra Mariana que es el Ejército de María, su alma se abre también para la Comunidad que hoy es el resultado de la Obra en sí. Para sorpresa y alegría de todos, Raoul toma el hábito de Hijo de María, el 15 de octubre de 1987, en la fiesta de Santa Teresa de Ávila. Él confió a uno de los Hermanos: «Comprendí que me era necesario entrar en la Comunidad, para que Raoul desapareciera.» Estas palabras nos recuerdan las que decía Juan Bautista: «Es necesario que Él engrandezca y que yo disminuya.»
Lo que para él era simple para contar o para leer sin duda no debió ser nada fácil para este hombre acostumbrado a mandar, y a veces con más energía de la necesaria... Sólo con este rasgo, vemos cuanto la Virgen María transformó su alma. El Padre Jean-Claude Drolet, párroco de la iglesia de San Pío X, se manifestó fuertemente a este propósito: «El Hermano Raoul Auclair fue un gran cristiano, un gran creyente, un gran amante de la Virgen, un gran escritor, un hombre muy conocido que hubiera podido continuar a conocer una gran celebridad. Pero él dio su vida entrando a la Comunidad de los Hijos de María.»
El Señor lo despojó incluso de su memoria excepcional. En sus días más lúcidos, él lo percibía dolorosamente y algunas veces, no podía contener sus lágrimas, aunque estuviera en presencia de la comunidad.
Pues bien, Raoul había cambiado, se transformó interiormente. Acostumbrado a los honores de este mundo, él quiso ser un hermano igual a los otros; acostumbrado a los placeres de la buena comida de la alta sociedad, se contenta fácilmente de las comidas más modestas de la comunidad; acostumbrado a imponer sus gustos y sus ideas, se vuelve como un niño. Su espíritu sutil y espontáneo, su buen humor, la alegría que experimentaba frente a las cosas simples, fueron su característica habitual hasta el momento que tuvo que ser llevado de urgencia al Hospital del Niño Jesús, el 26 de diciembre de 1996.
Durante su hospitalización, fue fortalecido con la imposición de los sacramentos para los enfermos, los cuales fueron suministrados por el Padre Victor Rizzi. Luego, el 8 de enero, en presencia del Padre Victor y del Hermano Renaud Vallerand, quien fue su apoyo constante desde hacía ya algunos años, Raoul se apaga dulce y apaciblemente.
Dios se manifestó al fin a su fiel servidor quien por intermedio de sus escritos y de su palabra Lo manifestó muy bien.
Padre Maurice Péloquin, Quebec
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