![]()
Léo Bourget

Desde su residencia, Raoul apreciaba este estanque
o «lago» de Lozère, del cual él era copropietario.
Raoul Auclair acaba de abandonarnos durante la octava de la Epifanía, fiesta que tanto amaba, la fiesta de los Reyes, como decíamos en otro tiempo. Para Raoul Auclair, la Epifanía era la manifestación, la realización más próxima de uno de los más grandes misterios de la Buena Nueva, el del reino del Pater «sobre la tierra como en el cielo». Lógicamente, era la fiesta de los Reyes, pero de los Reyes magos, de los reyes sabios, de los reyes sacerdotes del sacerdocio real para el Reinado de mil años (un Día) del Séptimo Día. Era también la fiesta del REY, de CRISTO REY. Era además la fiesta del secreto del REY: María, María Reina, la Jerusalén celeste que desciende del cielo sobre la tierra con el fin de que el reino que está en nosotros esté por fin entre nosotros para que podamos entrar purificados, agrupados y perdonados en el Reino definitivo de la gloria, el de los siglos y siglos.
Ya en 1949, terminando su libro Le Crépuscule des Nations [«El Crepúsculo de las Naciones»], Raoul agregó una pequeña frase lacónica y llena de esperanza: «El 6 de enero, con el deseo y la espera de la Gran Epifanía.» Al fin realizó el voto del gran caballero del Rosario, del gran Caballero de María.
Pero ¿cómo sabía que el Reino estaría próximo? He aquí su pensamiento:
«¿El sentido de la historia? Sí, pero a condición de retribuir a estas palabras una doble acepción de dirección y de significación: y es la escatología. Bajo la aparente anarquía de la historia reina un orden profundo. Por una parte el determinismo de las acciones de los hombres, y de otra parte el eje inflexible de la Determinación divina. De su confrontación se extrae la evidencia de leyes cíclicas, quedando expresadas simbólica y numéricamente en las Sagradas Escrituras. Pero esa mirada sinóptica no es posible sino cuando la historia alcanza un término. Y estamos en uno de ellos, los más solemnes, los más decisivos: el fin de los tiempos. ¿El fin del mundo? No, el fin de un mundo.
«Cada uno, más o menos y de manera confusa, prueba esta angustia y experimenta este misterio; ¿pero es posible detectar qué rigor sobrenatural reina bajo este caos humano, qué claridad hay en estas sombras, qué esperanza se levanta por encima de tantas amenazas?
«A la exégesis bíblica, cuyos cimientos son fundamentales en este libro, el autor confronta las diversas tradiciones, mostrando como todos los ciclos se reúnen en su término para, todos juntos, desembocar en nuestro tiempo.
«Nuestro mundo tiene seis mil años, seis Días de mil años (Sal 89, 4 y II P 3, 8); le queda por consiguiente un Día (Ap 20, 2) para que se acabe la Semana de la era presente. Pero antes de ese gran Domingo, imagen temporal de la Jerusalén eterna, debemos atravesar las horas dolorosas y terribles del juicio y de la purificación. Y tales son los tiempos del Fin de los tiempos.»
Para tener una «visión» del tiempo, se necesita la Revelación. La visión del águila de la tierra mide el Espacio. Las águilas de la Escritura sobrevuelan el tiempo del río del tiempo. Ellas son tres águilas en la Biblia, «captadas» por el Espíritu para sobrevolar el río del tiempo y describir los acontecimientos anteriores al Reino: Daniel, Ezequiel y el Gran Águila Juan. Ellos tienen cada uno un libro: un libro cerrado, un libro enrollado y un libro pequeño. Los dos primeros cubren el tiempo de nuestra generación, el último es el del Día de Yahveh o del Apocalipsis. Cuando esos libros se abren y se leen, es porque el Espíritu del Señor sopla donde él quiere, cuando él quiere y sobre quien él quiere.
El tiempo no se mide sin una referencia y la sola referencia válida es la Revelación. El nacimiento de Cristo es el eje fijo, inquebrantable, a partir del cual se mide el antes y el después. El tiempo se mide en ciclos. Un ciclo es completo en sí y debe encadenarse. No es lineal. Pero para hacerlo comprender con nuestros sentidos terrestres, debemos desplegar un ciclo y eso puede darnos una lectura de izquierda a derecha o inversamente. La Tradición quiere que Dios hable a los hombres para que ellos lean de derecha a izquierda.
La última visión que Lucía (de Fátima) tuvo, en 1929 en Tuy, refleja una síntesis de la semana de nuestra Generación, síntesis dada por María Santísima Ella misma para Rusia primero y en una segunda manera homotética (ampliada) a todo el misterio. Para penetrar en todo el sentido y en la simbólica del cuadro de la corona de estrellas, es necesario leer La Fin des Temps [«El Fin de los Tiempos»], de Raoul Auclair.
Él partió sin ruido a la luz del Reino, «el águila» que amábamos. Pero su obra, por el contrario, no partirá y producirá el efecto del trueno en el tiempo querido por Dios. Siete mil páginas de exégesis bíblica rigurosa que se extiende del Génesis al Apocalipsis, es mucho pan sobre la plancha para las generaciones de exegetas. Pero los «Himalayas de glosa» no lograrán hacer comprender mejor lo que los pequeños pastores hoy día captaron: «Esto no es una nueva revelación, sino el descubrimiento de lo que había sido sellado siete veces y envuelto tres veces en un velo.» Y todo esto está escrito en un estilo incomparable de claridad, de precisión, de simplicidad, de poesía y de un sublime lirismo. Pero dejemos esas reflexiones a otros, sus semejantes, que tienen las competencias requeridas para evaluar su obra. Ellos le rendirán sin ninguna duda un justo homenaje. Rendir un homenaje de gratitud a este acelerador espiritual corresponde a sus amigos. Sus amigos eran una legión y algunos, no sin razón, lo encontraban difícil. Ellos ignoraban la impaciencia de Raoul Auclair por aquellos que él consideraba como «no son lo suficiente sencillos para ser pastores ni lo suficiente sabios para ser magos». Hoy día, es muy sabido que los pastores son raros y los magos mucho más. ¿Cuál fue el secreto de sus numerosos amigos? Se encuentra en el libro de los Proverbios y en el Evangelio: «Yo tomo mis delicias con los hijos de los hombres», y «Dejad que los niños se acerquen a mí.» Los niños... y he aquí el secreto de polichinela, normalmente conocido de todos, pero aquí conocido solamente por los niños. Sí, los niños, aquellos que tenían o habían sabido conservar o que volvieron a encontrar un corazón de niño. No un corazón pueril sino un corazón liberado de lo artificial. Un corazón abierto a las grandes verdades eternas: el Amor y la Sabiduría. Un corazón capaz de sentir la admiración frente a una simple flor, humilde reflejo de la Belleza y de la Armonía de la Creación. En fin, un corazón capaz de dejar brotar espontáneamente el canto del alma engrandecida de todos los niños de Dios para encontrar el de María en el Magníficat: «El Señor hizo en mí maravillas, Santo es su nombre.» Y esto no tiene nada que ver con lo maravilloso.
Un corazón abierto o cerrado, un corazón sensible o indiferente, he aquí los signos que le permitían a Raoul Auclair descubrir a sus amigos. Raoul Auclair, en su prefacio de La Fin des Temps, menciona que deja caer las perlas entre sus dedos comiendo su manzana - su talento de escritor. Él sabía muy bien lo que el Evangelio prohíbe hacer con las perlas. Sus amigos sabían que él tenía, además de sus dones, el Espíritu del Señor.
Léo Bourget, Charlesbourg
© 1998 - Derechos reservados: PAVILLON RAOUL AUCLAIR INC., Quebec, Canadá