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Extractos de la homilía durante los funerales de Raoul Auclair, el 11 de enero de 1997

«La Epifanía, la Fiesta de las fiestas litúrgicas»

– Padre Denis Laprise, o.ff.m. –

(...) Nuestro querido hermano Raoul, por quien celebramos esta liturgia, traspasó el umbral de la eternidad. Al final de su vida, él también, al igual que el anciano Simeón, pronunció las palabras que cada noche repetimos en el oficio de completas. Efectivamente, el anciano Simeón, antes de morir, conoció esta profunda alegría al encontrar a Jesús, el cual reconoció en el niño que era presentado por sus padres en el Templo de Jerusalén. Entonces él ya pudo partir en paz, pues vio al Salvador. El Espíritu, nos dice el Evangelio, le había revelado que no conocería la muerte antes de haber visto al Mesías del Señor. Así que, Simeón toma al niño en sus brazos, y bendice a Dios exclamando: «Ahora, Señor, puedes según tu palabra, dejar que tu siervo se vaya en paz, porque han visto mis ojos tu salvación, la que has preparado a la vista de todos los pueblos, luz para iluminar a los gentiles y gloria de tu pueblo Israel.» (Lc 2, 29-32).

Esas palabras proféticas de Simeón se refieren a la Gran Epifanía a venir, la cual viene a completar la primera Epifanía que hemos celebrado el último domingo. Epifanía significa manifestación, y se relaciona con las celebraciones de la Natividad del Salvador. En la Primera Navidad (hace 1996 años), Dios se manifiesta a los hombres, primero de una manera restringida: a los pastores de Belén y a su Pueblo como también a los Reyes Magos venidos del Oriente. Esta manifestación es el preludio o la imagen de una manifestación mucho más grande que se amplia y se extiende a todos los Pueblos de la Tierra que son llamados a la salvación. La Epifanía es por consiguiente la fiesta de la vocación de los hombres, a la fe en Dios, y a la visión beatífica.

El cuerpo del Hermano Raoul en capilla ardiente
Del 8 al 11 de enero de 1997, en el Centro
de la Inmaculada, en Quebec, el Hermano
Raoul reposa en la gran sala de
conferencias, cerca del pesebre de
Navidad, encima del cual brilla la estrella
de la Epifanía.
El Hermano Raoul nos dejó en la semana de la Epifanía. Creo que este hecho ilumina toda la vida de Raoul, la cual fue marcada de manera singular y esclarecida por el Misterio de Cristo en su Venida al mundo. La fiesta de la Epifanía del Señor fue para él la Fiesta de las fiestas litúrgicas. Para Raoul, la Epifanía era la verdadera fiesta de Navidad, pues él comprendía la profundidad y la belleza escatológica, si así podemos decirlo. De lejos, él saludó su realización a través de la Obra de la Señora de todos los Pueblos por la cual trabajó con tanto ardor.

«Hay que ser un poco profeta para interpretar a los profetas», decía de él el Padre André Richard del L’Homme Nouveau [El Hombre Nuevo].

En un homenaje rendido a Raoul, el 31 de mayo de 1994, leímos lo siguiente: «Usted familiarizó nuestros miembros a la comprensión del Apocalipsis que, como usted en ese entonces lo decía, es un libro de victoria: el Apocalipsis es, por definición, la revelación de secretos divinos... Gracias también a su libro “Les Epiphanies de Marie”, comprendimos el carácter profundamente escatológico de las grandes apariciones de María Santísima, aprobadas por la Iglesia.»

En realidad, su amor por María fue como el que un niño siente por su Madre. Por otra parte, en su alma y en su corazón, el Hermano Raoul fue siempre como un niño. Pero cuando hablaba de AQUELLA, como a él solía designarla, no había nadie que lo callara y parecía que María Inmaculada no tenía secretos para él. También recomendaba sin cesar la oración preferida de María: la oración de los humildes y de los pobres que es la oración del Rosario. A aquellos que se quejan de no poder decir el Rosario sin distracción y que argumentan haciendo valer el sofisma: «Es mejor un “Dios te salve María” bien dicho que cincuenta “Avemarías” mal dichos», él respondía: «El más mal Rosario que usted puede decir, es aquel que nunca dice.» Su devoción mariana fue siempre una fuerza y un apoyo extraordinario para su fe.

Hoy día, Raoul no existe. Es el primer Hijo de María de la rama comunitaria que partió al Cielo, ahora contempla eso que el Señor le inspiró. En adelante, para él, los siete secretos están rotos y él ve, en la gloria eterna, el Cordero del Apocalipsis de quien siempre habló muy bien. Ahora, él conoce la Verdad de eso que un día proclamó en todas partes, hasta en Roma, Centro de la Cristiandad.

Para terminar, queremos valernos de las palabras que le fueron dirigidas el 31 de mayo de 1994. Este homenaje vibrante fue un deseo anticipado que hoy día toma todo su valor: «Bendito sea Raoul, y que María, Madre y Señora de todos los Pueblos, lo acoja en su Paraíso y lo recompense por tanto trabajo cumplido para Ella con amor.»

Padre Denis Laprise


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