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Dominique Poulain
Muchos conocieron a Raoul Auclair por el Ejército de María. Para mí, fue todo lo contrario: fue Raoul quien me hizo conocer El Ejército de María. Hace veinte años, empezaba a interesarme por la espiritualidad a través de lecturas un poco desordenadas, habiendo comenzado por libros de «metafísica budista» de pacotilla... Luego mi profesor de filosofía, una dama extraordinaria, me hizo despertar el interés por Aristóteles y Santo Tomás de Aquino, y también por otros autores contemporáneos que tuvieron una gran importancia para nuestro Raoul: René Guénon y Léon Bloy.
Un día, estando de vacaciones, alguien me hizo una propuesta; ésta consistía en ayudar a algunas personas que padecen de deficiencia física o mental, a hacer un retiro en el Foyer de la Charité [Hogar de Caridad], (del cual yo ignoraba todo); yo debía conducirlos en sus sillas de ruedas. Acepté la propuesta, luego partí al Foyer, y allí me enteré que estaba supuestamente incluido para hacer el retiro... Me sentí verdaderamente iluminado: descubrí la espiritualidad de San Luis María Grignion de Montfort y de Marthe Robin y aún más un nuevo descubrimiento del Rosario...
No he parado de incitar e informar a mis padres y amigos. Al cabo de uno o dos años, era ya un objetivo logrado. Un amigo particularmente entusiasta y dinámico, después de dos retiros con nuestros amigos deficientes y una peregrinación con ellos a Banneux y a Beauraing como camillero, decidió al regreso reunirnos para rezar un Rosario semanal en su parroquia.
Sucedió en el otoño de 1976. En la primavera, nosotros (tres amigos) habíamos descubierto una obra apasionante: la de Ana Catalina Emmerich, de la cual compramos inmediatamente los volúmenes sobre las Visiones. Luego, al principio del verano, me informé que en la librería de LHomme Nouveau [«El Hombre Nuevo»], de París, existía otro libro concerniente a Ana Catalina: Visions dAnne-Catherine Emmerich pour notre temps [«Visiones de Ana Catalina Emmerich para nuestro tiempo»]. Nos interesamos mucho sobre este trabajo del cual el autor era un tal «Raoul Auclair», totalmente desconocido para nosotros.
La lectura del libro nos emocionó. Grité entonces, que era el libro más extraordinario que jamás había leído. Enseguida nos fuimos a comprar todas las obras disponibles de Raoul Auclair. Y mientras que las devorábamos metódicamente al mismo tiempo nos organizábamos para el Rosario semanal en la parroquia de mi amigo... en Palaiseau, al sur de París.
El Rosario fue anunciado al final de la misa de un domingo de noviembre. Agradablemente sorprendido por esta iniciativa mariana proveniente de un joven de la parroquia, un feligrés abordó a mi amigo a la salida de la misa y le dijo: «Yo conozco a un Señor que vive cerca de aquí y que estaría interesado por su iniciativa. ¿Le gustaría conocerlo? Él se llama Raoul Auclair.»
Mi amigo creyó desfallecer. Aceptó entusiasmado y corrió a llamarme. Yo creía vivir un sueño. No solamente Raoul Auclair, del cual no sabíamos nada, estaba aún en vida, sino que aún más vivía a dos pasos de nuestra casa. ¡Y él nos invitó a ir a su casa el siguiente martes en la noche!
El encuentro con Raoul fue una maravilla. Nos invitó a visitar su bella casa diseñada según sus planos, llena de libros y de bellos objetos reunidos a lo largo de toda su vida, por ejemplo esos impresionantes cuadros resultado de su propia creación, con algas recogidas sobre la playa... |
![]() Fachada de la residencia de Raoul en Lozère-sur-Yvette, valle de Chevreuse, en las afueras de París. Raoul que había estudiado la arquitectura, diseñaba sus propios planos. |
![]() A Raoul le gustaban mucho las flores y cada año preparaba, cuidadosamente y con buen gusto, un arreglo floral que rodeaba su residencia. |
Este fue el comienzo de un engranaje del cual jamás salimos, uno de mis dos amigos y yo: veinte años de vida en el seno de la Obra mariana, donde tuve la suerte de encontrar a aquella que llegaría a ser mi esposa. ¡Verdaderamente, lo debo todo a Raoul! Él fue en mi vida el instrumento de la Providencia, ¡y qué instrumento!
Volvimos a ver a Raoul. ¡Desgraciadamente! no por mucho tiempo: en febrero de 1977, tres meses solamente después de nuestro primer encuentro, nuestro amigo se trasladó del todo a Quebec... luego no podía volver sino por algunos periodos. Habiendo quedado viudo, un año más tarde se consagra plenamente a la Obra mariana, después de haber hablado por decenias de María Santísima. «El Ejército de María se identificará con esta señal: su fidelidad a Roma y al Papa!» Esta frase, divisa de la Obra, Raoul la había subrayado en uno de sus volúmenes, escrito muchos años atrás antes de la fundación del Ejército de María...
Aprovechamos tanto como nos fue posible de sus breves estadías donde él reunía varios de sus amigos. Luego las visitas de Raoul en Francia comenzaron a espaciarse. Siempre habían buenas sorpresas. Una noche, el teléfono sonó: era Raoul que estaba de paso por Palaiseau y me invitó a comer en su casa. En otras ocasiones lo encontraba en la Milicia de Jesucristo, un primer viernes en Saint-Eustache, y luego nos dirigimos a su casa. En el camino se detuvo en una tienda donde vendían platos preparados y compró la comida. (el «souper», en lengua quebequense).
Comer en casa de Raoul era siempre una fiesta. De tradición familiar, ¡él era un excelente cocinero! Había buen vino y excelente comida, la cual era más calidad que cantidad y siempre con sencillez. Lo esencial era la larga conversación animada que seguía.
Una noche, me dijo: «Hay una clase de champiñones que salieron en mi jardín. ¿Quieres una tortilla con champiñones?». Esta tortilla con champiñones de Raoul, totalmente simple, hecha con las sabrosas especies sacadas directamente de su jardín, fue realmente un recuerdo inolvidable del cual yo le volvía a hablar cada vez que nos encontrábamos, él se reía con gana de estos recuerdos...
Después Raoul no volvió más. Lo encontrábamos sólo en cada peregrinación, en Roma, en Lourdes, en París... él era «Canadiense» e incluso ¡llegó a ser... Hijo de María! Cambio de continente, cambio de vida.
En 1990, atravesé el Atlántico con mi esposa y su hermano. Raoul había reconstruido en la planta baja del inmueble al lado del 2040, 26e Rue, en Quebec (residencia del Ejército de María), su pequeña tebaida de Palaiseau: los libros, las obras de arte, lo esencial estaba allí. Igualmente la fiel cotorra, testigo de la composición de tantos trabajos extraordinarios.
Raoul nos honraba al permitirnos compartir su pequeño departamento y nos invitaba a beber (al estilo europeo); pero en el momento de vernos partir, no podía evitar que de sus ojos vertiera una lágrima...
Lo volví a ver otra vez en Italia, en la peregrinación en Rieti. Él esperaba los grandes «acontecimientos», para él inminentes. «¡No hay más tiempo!» decía. Luego dos años más tarde, lo volví a ver en Venecia y en Austria. Algo decaído, Raoul debía permanecer ahora siempre acompañado. Pasé media hora conversando con él, en la plaza de San Marcos, en medio de las palomas. El último año en Quebec, no podíamos mantener una conversación seguida ya que su memoria lo traicionaba, pero jamás lo había visto tan alegre. Su alma ya estaba franqueando el Más allá. Su cuerpo lo retenía aún entre nosotros...
«¡Bien, siervo bueno y fiel!; en lo poco has sido fiel, al frente de lo mucho te pondré; entra en el gozo de tu Señor...» A los 90 años y un poco más, Raoul merecía su pasaje para el Más allá... Como su maestro Léon Bloy, él partió en el momento en que comenzó la obra de teatro de la cual él esperaba, desde siempre, que se levantara el telón... (Bloy, el gran profeta escatológico, murió el 3 de noviembre de 1917, en los días de la Revolución bolchevique, de la Declaración Balfour y del Gran Milagro de Fátima...)
Escritor y autor dramático reconocido en los años 1960 y 1970, Raoul Auclair se había progresivamente hundido en el olvido, consagrándose en adelante, a aquella Obra tan despreciada y calumniada, de la cual él había preparado las almas a la conversión a través de sus escritos. María Santísima lo envolvió en una nube y lo aproximó a Ella. Él continuará irradiando discretamente a los ojos de sus Caballeros, antes de que sus obras aparezcan nuevamente en el escenario cuando llegue el momento.
Aquella Francia que él fingía querer olvidar, en cambio lo olvidó realmente. No vi nada en ningún periódico. Su muerte pasó desapercibida a los ojos del mundo. ¡Y ya cuánto nos falta Hermano Raoul! No importa; a los ojos de sus amigos, Raoul Auclair está siempre entre nosotros, con su sonrisa y su mirada de niño.
Jesús había dicho al Doctor angélico: «Tú hablaste bien de mí, Tomás.» La Señora de todos los Pueblos puede en adelante decir a nuestro amigo: «Tú hablaste bien de mí, Raoul.»
Dominique Poulain, Achères, Francia
30 de enero de 1997
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