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«Raoul Auclair, poeta y profeta de la Inmaculada»

– Gilles Couture –

Nuestro amigo Raoul falleció el 8 de enero de 1997, en la octava de la Epifanía. Tenía 90 años y 10 meses. Expiró a las 4 y 25 de la tarde, en el Hospital del Niño Jesús de Quebec, en presencia del Padre Victor Rizzi y del Hermano Renaud Vallerand a quien llamaba afectuosamente su «ángel guardián». Como otros de sus amigos, lo acompañé algunas horas durante su agonía; al mismo tiempo, contemplaba su rostro amado y estrechaba sus manos hinchadas por la uremia. Yo esperaba poder ayudar a aliviar sus dolores y a calmar su angustia. En la tarde de su muerte, mientras me dedicaba a mis ocupaciones acostumbradas, yo sentía que Raoul se moría y temía llegar en retardo para recoger su último suspiro; le había pedido a Dios esa gracia, pero me presenté en el hospital treinta minutos más tarde. Fue lo más natural del mundo. Agradecí a Dios de estar allí para presentarle mi último adiós, pedirle su bendición y agradecerle una vez más de haberme acogido en su intimidad, después de haber sido el instrumento de mi conversión.

Aquello sucedió hace casi veinte años, el 3 de abril de 1977, cuando yo tenía treinta años. La Iglesia celebraba el Día de Ramos, o sea al comienzo de la Semana Santa. Hacía 15 años que yo había negado a Cristo, a la Inmaculada y a la Iglesia, después de haber manchado el Agua Sagrada de mi Bautismo. Raoul había sido invitado por El Ejército de María a venir a dar una serie de conferencias en Quebec. En ese momento, él vivía aún en Francia y era miembro de honor de la asociación de la revista Atlantis (revista de arqueología científica y tradicional). Jacques d’Arès, director de la revista, informado por Raoul, le propone invitar a los suscriptores de Quebec a venir a sus conferencias. Raoul lo hace así, luego me envió una invitación personal escrita sobre la portada del diario Marie del mes de marzo de 1977, del cual el título era «La Señora de todos los Pueblos».

El diario no despierta en mí ningún interés, pero yo acepté la invitación, pues presumía, equivocadamente, que en la conferencia trataría temas tales como la Alquimia o la herencia de las culturas antiguas propias de la revista Atlantis.

La conferencia debía realizarse a eso de las dos de la tarde, en el auditórium del Hospital del Niño Jesús (lugar del comienzo y del fin de mi relación terrestre con Raoul). Llegué al mismo tiempo que él y nuestros ojos se cruzaron justo antes de entrar en la sala. Reconocí inmediatamente en este hombre al conferencista esperado, sin embargo jamás lo había visto, ni en persona ni en foto. Su prestancia y sobre todo la intensidad de su mirada me llamaron la atención.

Raoul en una gira de conferencias por Quebec
1977 - Raoul en una gira de
conferencias por Quebec.

Entré a la sala y lancé un vistazo circular en el interior. Yo vi – me dije a mí mismo con los pensamientos y las palabras de ese entonces – un grupo de buenas señoras que estaban conversando y creí que había caído en una trampa. En la entrada estaban algunas señoras y a pesar de que yo llevaba en aquella época una tupida barba y los cabellos muy largos, una de ellas (yo supe después que se trataba de Clemence Dumas, acompañada de Fernande Levasseur) me saludó atentamente y me preguntó si yo quería abonarme al diario Marie, el cual reconocí inmediatamente como aquel de la invitación. Yo respondí negativamente, y bromeando, pues no me interesaba la religión y además no era practicante. Clémence insistió y dijo en un tono que no admitía excusas: «Inscríbase, no se arrepentirá.» Molesto pero también vencido por su gentileza y su seguridad, acepté.

Estremecido, comencé a sentir un sufrimiento interior que no conocía.

Luego llegó la hora de la conferencia. El Padre Philippe Roy anuncia a Raoul Auclair de París, eminente escritor francés, poeta, filósofo, conferencista y teólogo mariano. Más tarde él se honorará solamente bajo el título de «Caballero de María».

Raoul se aproxima al micrófono. El auditorio se absorbió en un silencio impresionante. Luego Raoul toma la palabra y dice con una voz fuerte e inspirada: «Mirad que no os engañe nadie» (Mt 24, 4).

Instantáneamente me convertí. Quince años de mi vida negando a Dios acaban de desvanecerse en la iluminación de aquel «instante de eternidad». Y esto (lo digo para que no se equivoquen nunca) sin sobresalto físico, sin ninguna exaltación síquica, como si nada hubiera sucedido. Lo digo para rendir homenaje a Raoul y para dar testimonio de la verdad. Sí, en ese instante, sin reflexión y sin esfuerzo, recobré la fe en todo eso que la Santa Iglesia católica cree y enseña.

Raoul, como profeta, continuaba con el tema de «El fin de los tiempos» y las apariciones escatológicas marianas. Yo bebía a torrentes sus palabras tan antiguas y a la vez tan nuevas para mí.

Gracias, amigo Raoul; al manifestar mi reconocimiento, lanzo una mirada espiritual en las Aguas Superiores, tan magistralmente descritas en tus libros y te agradezco, lo mismo que a Dios y a María por la resurrección de mi cuerpo espiritual, un milagro más grande que aquel de resucitar un cuerpo físico. Y yo sé que eso se debe a las palabras inspiradas de Raoul y a los sufrimientos de tantas almas que han rezado por mí. Muchos de entre nosotros también hemos sido cautivados por los escritos de Raoul, llamado a ser el más grande teólogo de todos los tiempos, según la fórmula de bendición de Hijo de María expresamente escrita en Vida de Amor.

Dejo a otros la tarea de hablar del escritor. Leí sus libros, los cuales siempre alimentaron mi alma y mi espíritu. Hoy me atengo al hombre simple y alegre que conocí. Si me asombraba de la inconcebible novedad y de la magnitud de sus escritos, buscaba sutilmente informarme del origen de su inspiración, a lo cual él me respondía humildemente que el conocimiento de «esas cosas» le había sido dado por Dios, como una ciencia infusa. Pienso que un día de éstos la Virgen creará un alma que escribirá su biografía y levantará el velo que cubre la parte del misterio que rodea a Raoul Auclair. Pero eso que le pertenece claramente, es su estilo, su manera de decir esas sublimes verdades. Y qué magnífica escritura, siempre jugando con las palabras que armonizan con la belleza y el orden de la Obra divina de la Creación.

Raoul Auclair es, con Léon Bloy a quien llamaba su padre espiritual, uno de los más grandes escritores católicos franceses de este siglo.

El mundo entero admirará en el futuro su obra de escritor escatológico, ¿pero quién se acordará del hombre inteligente, generoso y sensible? ¿Quién se acordará de sus estallidos de risas francas y sonoras cuando el francés distinguido se burlaba con humor del rústico quebequense? No importaba el lugar donde nos encontráramos en el ambiente acogedor de su salón del departamento de la 26e rue, en Limoilou, o en la mesa de buenos restaurantes de la capital o incluso durante comidas amistosas en el seno de nuestras familias, Raoul platicaba con nosotros de una manera sencilla. Nos encantaba su delicadeza y su erudición de Francés de Francia del cual nos burlábamos un poco para hacerle contrapeso a sus apuntes graciosos.

Desde el momento que estuvimos en contacto con la personalidad atrayente de Raoul, nos sentimos siempre engrandecidos y en la constante vivencia de sus nobles y buenas maneras.

Raoul, melómano
1985 - En su sala, en Quebec, el
melómano Raoul toma algunos
momentos para descansar.
Pudimos también apreciar sus numerosas cualidades humanas, pues Raoul fue un melómano sagaz, un botanista, un cocinero y un artista. Él nos hizo descubrir la belleza de la naturaleza y de todo lo bello, lo bueno y verdadero que ella posee.
Nos sera necesario reconstruir los principales acontecimientos que marcaron su vida en Francia, antes de su instalación en Quebec, para descubrir la riqueza extraordinaria de las relaciones que él mantuvo con los personajes más importantes de este mundo y también con varios místicos auténticos.

Es imposible ofrecer una imagen completa del hombre emérito que fue Raoul, en un corto homenaje póstumo; es suficiente tal vez decir que Raoul Auclair fue un hombre predestinado y que vivió como un hombre total revelándonos una Tierra Total. Ahora que él nos introdujo en la comprensión de los caminos que vienen de Dios hasta el Hombre, nos queda sin duda alguna a preguntarnos acerca del camino que conduce el Hombre hacia Dios.

Un vivo sentimiento de gratitud me invade pensando en Raoul quien desde el Más allá acoge con su mirada de águila nuestras miserias y observa el desarrollo del misterio de la Corredención. Apreciaremos toda la delicadeza de Raoul leyendo la dedicatoria de L’HOMME TOTAL DANS LA TERRE TOTALE (El Hombre Total en la Tierra Total), que escribió para mi hijo de 14 años del cual nos dio el honor de ser el padrino. Dice así: «Un día tu leerás este libro y encontrarás el alma de tu padrino, y yo te miraré desde el balcón del cielo.»

La historia de la conversión de un alma, deslumbrada por la palabra luminosa de Raoul Auclair, ¿no es ella un mensaje de esperanza para los padres de los cuales los hijos se han alejado de Dios? Si Ud. tiene un hijo o una hija hundido en las tinieblas y atrapado entre las garras de Satanás (y esto no es una ilusión), no se desespere jamás. Yo estuve en esas tinieblas, desgraciado al máximo como nunca, pero el milagro se produjo. Su hijo también es desgraciado, pero créame que en el momento de la Inmaculada él lavará su alma en la sangre del Cordero. Doy testimonio de esto en homenaje a Raoul Auclair, en homenaje a la Señora de todos los Pueblos y para mis hermanos y hermanas de la Familia de los Hijos e Hijas de María que tal vez encontrarán allí una razón de espera.

Para terminar, dirijamos al Profeta Raoul eso que dijo al profeta Daniel el hombre vestido de lino que estaba suspendido sobre las aguas del río: «Y tú, ve hasta el Fin; tú descansarás y te levantarás para recibir tu parte al Final de los días» (Dn 12, 13).

Gilles Couture, St-Rédempteur


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