«Ser apóstol, significa entregarse por las almas, es estar al servicio de sus hermanos y hermanas en el medio que sea. Y nosotros, entregándonos totalmente, ¿qué nos queda? Nos queda el provecho espiritual de la santificación, pues si el trabajo apostólico está coronado de éxitos, es Dios quien es el Autor de ellos, porque es Él quien actúa por su gracia. Si nuestro apostolado es criticado o despreciado, será para así valorizar más nuestra acción, la cual toma un valor de eternidad en proporción del amor que hemos puesto en él, sin satisfacción personal.
«El apóstol debe renovar su ofrenda, donarlo todo, a fin de que Dios complete en él aquello que falta en la Pasión de Cristo por su Cuerpo que es la Iglesia» (Marie-Paule, Le Royaume, número 63, julio de 1988).
El carisma universal de la Comunidad es favorecido, ya que ella está formada por varias ramas, permitiendo de esta manera responder a diferentes tipos de vocaciones, como también a diferentes necesidades de la Iglesia.
Los Hijos e Hijas de María se dedican desde entonces a obras caritativas cerca de las almas, de la juventud y de las personas mayores en particular, en la enseñanza, las capellanías de hospitales, conventos de religiosas, sin olvidar los miembros desfavorecidos de la sociedad como los pobres, prisioneros, minusválidos, etc. Ellos laboran también al servicio personal de los obispos, según su demanda, para trabajos domésticos o de secretariado.
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