LA MISIÓN DE LOS HIJOS E HIJAS DE MARÍA
|
En 1981, en una carta dirigida a los miembros de la Familia de los Hijos e Hijas de María, Madre Paul-Marie definía de esta manera su misión:
Queridos Hijos e Hijas de María,
Formar parte de la Familia de los Hijos e Hijas de María, es aceptar servir. Considerar la recepción del manto azul como un honor o una cima, es dar una falsa interpretación de la perspectiva del don, del servicio cumplido en la humildad y el amor verdadero, pues comprometerse como Hijo o Hija de María es, además de ser consagrado a María, ser el Caballero fiel, listo para arriesgar su vida por la Señora, su Señora, quien emprende el cambate del fin de los Tiempos, a fin de volver a dar a Cristo al mundo y de introducir en el REINO a los siervos fieles, unidos por los lazos más fuertes, perseverando en los verdaderos principios de la fe católica, trabajando en la edificación y en la propagación de la Iglesia católica que quieren como a su madre.
En 1971, Dios daba el Ejército de María a la Iglesia a fin de salvar sus valores espirituales y morales, llevando a sus soldados a la defensa del Jefe Supremo quien recuerda los preceptos divinos y humanos, iluminando a los que buscan la luz mientras que la calamidad causada por los falsos doctores sigue extendiendo la confusión y las tinieblas en el pueblo cristiano cansado de la lucha, afligido y desolado.
Pero la Iglesia es cada vez más amenazada. Y María levanta siempre más su blanco ejército. Aumentan las pruebas: apostasía, defecciones religiosas, persecuciones, tribulaciones, angustias y calamidades. Entonces, Dios ofrece más (...).
Los Hijos e Hijas de María, quienes comprenden el valor de un alma, reciben el gran privilegio de ser «corredentores». En un mensaje a María Valtorta, sacado de El Hombre-Dios, obra aconsejada por Su Santidad Pío XII, Jesús hablaba así:
«Os digo una verdad que a mis enemigos parecerá blasfemia, pero vosotros sois mis amigos. Hablo especialmente a vosotros, mis discípulos y elegidos, y luego a todos quienes me escucháis. Os digo: los ángeles, espíritus puros y perfectos, que viven en la luz de la Santísima Trinidad y en ella se gozan, reconocen que la perfección que tienen es inferior a la vuestra, ¡oh hombres, lejanos del Cielo! Son inferiores porque no tienen poder de sacrificarse, de sufrir para cooperar a la redención del hombre ¿y qué os parece? Dios no toma un ángel para decirle: Sé el Redentor del género humano, sino toma a su Hijo, y sabiendo que, por más que sea incalculable el sacrificio e infinito su poder, todavía falta y es una muestra de bondad paternal que no quiere hacer diferencia entre el Hijo de su amor y los hijos de su poder el conjunto de los méritos que se contrapondrán al de los pecados de cada momento que el género humano va acumulando, por eso no toma a los ángeles para completar la medida y no les dice: Sufrid para imitar al Mesías sino que lo dice a vosotros hombres. Os dice: Sufrid, sacrificaos, sed semejantes a mi Cordero. Sed corredentores...» (El Hombre-Dios, volumen 2, pág. 584)
La bendición dada a los Hijos e Hijas de María es una gracia última para nuestro tiempo, en este siglo de perversión en que triunfa Satán en la tierra como en el infierno. Pero su tiempo acaba, María vencerá, como lo ha dicho en Fátima. Vencerá con sus hijos que Ella conduce a la victoria; además, sus defensores de la Fe, como lo son sus esclavos, estarán cubiertos por la protección del Cielo. Quedemos unidos en los Corazones de Jesús y de María.
Madre Paul-Marie
© 1998 - Derechos reservados: ÉDITIONS CO. DAME, Quebec, Canadá